Feminicidios, un crimen de Estado
- 25 nov 2016
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«Siento que a mi hija no la dejan de asesinar, que sigue ahí en el baño, arrodillada», dice la mamá de Nadia. A su hija la mató su esposo, Bernardo López Gutiérrez en Santa María Tianguistengo, Cuatitlán Izcalli, Estado de México. Sus tres hijos, apenas el mayor de cinco años, vieron a su padre y a su tío meter a Nadia a la cisterna, para luego llevarla al baño y ponerle un lazo, fingiendo así su suicidio...
Hay libros que nos desbordan en llanto. A veces la realidad supera la ficción. Hay verdades criminales. La violencia, crueldad, omisión, impunidad y corrupción son las marcas dolorosas de los feminicidios en el Estado de México, territorio gobernado por el Partido Revolucionario Institucional al que pertenece el presidente Enrique Peña Nieto.
Con investigación periodística, los datos duros, la crónica, el testimonio y un profundo análisis, Humberto Padgett logra dar un rostro a todas las mujeres víctimas de feminicidio en el Estado de México en su libro Las muertas del Estado. El retrato no estaría completo sin el trabajo fotográfico de Eduardo Loza, quien brinda una mirada íntima sobre la vida que fueron y dejaron ellas.
A las mujeres nos matan por ser mujeres, por nuestra condición de género: por eso es feminicidio. Este mes de noviembre, el mes de la muerte, el presidente de México no va a prender una vela en memoria de las miles de asesinadas durante su mandato en el estado mexiquense; al contrario, quizás duerma tranquilo al saberse impune.
Padgett, periodista de SinEmbargo MX y cinco veces ganador del Premio Nacional de Periodismo, hace una documentación exhaustiva sobre el feminicidio. Entrevistó a investigadoras y asociaciones feministas, expertas en materia de género, como Marcela Lagarde, por lo que su libro también ofrece aportes conceptuales sobre la problemática. En el capítulo 5 -de 17-deja claro que «la cosa es el cuerpo». A la mujer se le cosifica, su condición de ser humano se reduce a la de un objeto, y por eso se les mata. Sus victimarios son desde desconocidos, hasta su propia familia o amigos.
En el libro, también encontramos un paralelismo entre el atroz escenario feminicida y la carrera electoral de Peña Nieto por la presidencia del país. «El candidato de las mujeres» encubrió los casos; a él sólo le interesaban sus aliadas electorales, quienes gritan: «¡Enrique, bombón, te quiero en mi colchón!». Una triste ironía. Mientras las mujeres son violadas, torturadas y asesinadas con la más asquerosa crueldad, Peña Nieto sonríe a la cámara para tomarse una selfie con alguna mujer, como si fuera un rockstar.
Además de la mirada propia, el autor consigue examinar el problema sin olvidar la importancia de la subjetividad de las víctimas. Por medio del testimonio, se reconstruye la historia de las mujeres, cómo era su vida y de qué manera sus seres queridos han tenido que ir contra corriente para buscar justicia, porque en el Estado de México, y en el país, «es una flama en el viento».
Una de las conclusiones del libro es que la agresión hacia la mujer continúa en las instituciones públicas. Se les mata y luego se les revictimiza. «¿Pues qué le hizo su hija?», preguntan en el Ministerio Público los funcionarios que, se supone, deberían atender las denuncias. «La realidad es la misoginia», sostiene el autor, porque la violencia de género se debe a un sistema patriarcal y machista, presente desde la propia comunidad hasta las altas esferas del gobierno. «No soy la señora de la casa»: dice Peña Nieto y resume en sus palabras el imaginario del mexicano.

El feminicidio es un crimen de Estado, del mexiquense y del que actualmente encabeza Peña, porque «sucede cuando el Estado no da garantías a las mujeres y no crea condiciones de seguridad para sus vidas en comunidad», en palabras de Marcela Lagarde. El contexto mexiquense es, incluso, más grave que el de Ciudad Juárez: 2 mil 881 feminicidios se registraron en el Estado de México durante 2000 y 2009, cantidad mayor al índice nacional. Mientras que de 2005 a 2011, cuando ese estado era gobernado por Peña, la cifra se coloca en 1997.
Pero si el lector todavía no ha sentido el ovillo en la garganta con las cifras del odio y las lamentables historias, ahí están las fotografías provistas por la lente de Eduardo Loza, fotoperiodista que ha colaborado con Cuartoscuro. Las miradas de las familias de Mariana, Cecilia, Smith, Lucero, Ivonne, Nadia, Sonia, Angélica sostienen la fotografía de la mujer que les duele, porque la impunidad y corrupción en este país las siguen matando.
Jazmín es una sobreviviente de la violencia. Fue víctima de Librado Legorreta, el Coqueto, un conductor de microbús violador y asesino serial de mujeres. Se fingió muerta para salvar su vida. Después de ella, hubo más feminicidios que se pudieron evitar, pero la negligencia cobija a los delincuentes.
El Estado de México es el peor lugar para ser mujer, porque entraña un complejo contexto de pobreza, inseguridad y desigualdad, sumada a la corrupción e impunidad de las instituciones, condiciones que se cruzan en la violencia de género. Ser mujer, pobre, indígena y lesbiana es como una condena de muerte en nuestro país. «No se nace mujer: llega una a serlo», dicta la máxima de Simone de Beauvoir. El género no es destino y ninguna mujer tiene que morir por serlo: ese es un aprendizaje que nos dejan los periodistas Padgett y Loza.
Hoy, 25 de noviembre, en el marco del Día Internacional de la Eliminación de la Violencia contra la Mujer, leer Las muertas del Estado es, incluso, una obligación moral como seres humanos.

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